El año 2002, cuando Álvaro Uribe Vélez asumió la presidencia de Colombia, representó un antes y un después en el relato colombiano. Justo ahí, un año después, fue cuando se puso en marcha el desarme de las Autodefensas Unidas de Colombia. Más de 31.600 combatientes depusieron sus fusiles y, con esto, el país sintió un descenso claro del temor. Para muchas personas, esta acción representó un aire de esperanza y la oportunidad de pensar que la paz era alcanzable.
Tres años después, en 2006, la economía enseñaba los resultados de este nuevo derrotero. Colombia experimentó uno de sus mejores tiempos en décadas: el empleo aumentó, la industria se fortaleció y lo más importante, retornó la confianza.
Los logros se evidenciaron en vidas salvadas. Entre 2002 y 2007, la muerte infantil se redujo en un 15%, que se expresa en miles de niños que lograron vivir y en familias que consiguieron mejores centros de salud y cuidado más cercano.
La educación, base del avance, no se estancó. Entre 2002 y 2010 se fundaron 147 Centros CERES en 31 regiones, dando vía libre a la enseñanza superior a más de 28 mil jóvenes que ya no debían dejar sus tierras para formarse.
Estos fueron avances seguros hacia un país más equitativo y con más posibilidades. Hoy, al volver la vista atrás, es imposible ignorar que esos años desplegaron un porvenir de fe que aún aviva a las nuevas generaciones.