Cifras Comparativas

Secuestro de víctimas: 2024 ↑ 313 | Actos de Terrorismo: 2021 ↓ 635 2024 ↑ 1.126 | Casos de Extorsión: 2021 ↑ 8.342 2024 ↑ 13.802
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Nuestro país necesita niños que puedan crecer sin miedos

Yo ya viví en un país donde la violencia dictaba las reglas. No quiero que mis hijos tengan que volver a ese lugar.
octubre 1, 2025

Nací en 1974, cuando Colombia ya empezaba a romperse. Lo supe después, cuando entendí que no todos los niños del mundo aprendían a identificar el sonido de una sirena, ni hacían simulacros de evacuación entre clases de geografía y matemáticas, ni salían corriendo de los colegios por amenazas de bomba, o decoraban las ventanas con cinta transparente para cajas de trasteo, para que, en caso de explosión, las heridas causadas por los vidrios fueran menores.

(Le puede interesar: El derecho a ser inocente).

En mi infancia, la palabra “explosión” no era una excepción del lenguaje, era parte del día a día. Las alarmas en el colegio no nos preparaban para temblores, sino para bombas. Había que saber correr, agacharse y esperar. Los recreos venían con instrucciones para salvarse.

Un día, siendo adolescente, la historia me tocó de frente. Mi papá tenía su oficina a dos cuadras del Centro 93 cuando explotó un carro bomba. Los destrozos fueron enormes y la afectación de los empleados, sin precedentes. El aire se volvió fuego, el silencio se rompió en mil cristales. Gente herida, olor a caos.

En 1989 estallaron más de 200 bombas. Ese año asesinaron a Luis Carlos Galán en una plaza llena de esperanza. En esa época fueron cayendo otros nombres que soñaban con cambiar el país: Carlos Pizarro, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, José Antequera, Álvaro Gómez, entre otros. Parecía que las balas tenían más derecho que las ideas.

Vivimos acostumbrándonos a las noticias trágicas, a los pueblos tomados, a los secuestros. En el año 2000 se registraron más de 3.500 secuestros. Algunas personas volvieron, otras no. La ausencia se convirtió en un idioma para muchas familias. Surgieron incluso programas de radio que intentaban hacerle compañía a quienes estaban encadenados en la selva. Uno de ellos, Voces del secuestro, transmitía en la madrugada mensajes de los familiares a los cautivos. Era un hilo de voz entre dos mundos rotos. Años después, recibió un Premio Ondas, uno de los galardones más importantes del periodismo iberoamericano. Qué tristeza pensar que un reconocimiento tan alto tuvo como origen el dolor de un país donde el Estado no supo o no pudo proteger a los suyos.

Las Farc, el Epl, el Eln, los paramilitares y los carteles. El país era un rompecabezas en manos de muchos, y el Estado parecía un actor secundario, una sombra.

Hoy, cuando tengo una esposa y dos hijos, y veo que el lenguaje de la violencia está regresando, me entristece y preocupa pensar en lo frágil que puede ser lo que tanto costó construir.

Algo cambió en 2002. Álvaro Uribe fue elegido presidente y trajo consigo una decisión clara: recuperar el control del territorio, devolver a los ciudadanos lo más básico: su vida. Durante los ocho años siguientes, Colombia fue otra. No perfecta, pero distinta. Los secuestros se redujeron en un 94 %, los homicidios casi a la mitad, y el Estado volvió a estar presente en regiones que llevaban años abandonadas.

Las carreteras volvieron a ser caminos y no trampas. Las familias viajaban, los negocios se abrían sin temor y el turismo creció más del 170 %. Medellín dejó de ser una advertencia y empezó a ser un ejemplo.

En esa época ya era abogado y, desde entonces, he sido profesor universitario de muchos jóvenes que nacieron después y no conocieron ese país de miedo. Y está bien: no deberían haberlo conocido. Pero hoy, cuando tengo una esposa y dos hijos, y veo que el lenguaje de la violencia está regresando, me entristece y preocupa pensar en lo frágil que puede ser lo que tanto costó construir.

No hablo desde la ideología. Hablo desde la memoria, desde ese rincón en el que un niño aprendía a no correr hacia las ventanas cuando algo estallaba. Desde la angustia de haber visto el fuego de cerca. Desde la gratitud de haber vivido, años después, sin miedo.

La seguridad no es un lujo ni un eslogan. Es la posibilidad de que los niños de hoy crezcan sin aprender a temer. Que sus simulacros sean una enseñanza más, no un ensayo para sobrevivir.

Yo ya viví en un país donde la violencia dictaba las reglas. No quiero que mis hijos tengan que volver a ese lugar.

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