Era tan absurdo y antijurídico el fallo de la juez 44 que condenaba a Uribe, que cualquier estudiante de derecho de primer año lo hubiera podido refutar con éxito. Pero rebatirlo con el alarde de coherencia, consistencia lógica, solidez doctrinal y bagaje jurídico, como lo hizo el Tribunal Superior de Bogotá, es una obra de arte. Es un texto ejemplar que debería reproducirse ampliamente y servir de material de estudio académico en todas las facultades de Derecho del país, como ejemplo de rigor, concisión y buena letra jurídica. Es un fallo admirable.
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Se hizo justicia. A pesar de lo tardía, de los abusos y de los errores judiciales, se hizo justicia. Con este fallo, los colombianos hemos renovado nuestra confianza en los jueces. Y se han puesto en evidencia las intenciones protervas de los acusadores de Uribe. Es palmariamente obvio que Iván Cepeda no le perdona a Uribe el haber derrotado a las Farc e impedido que se tomaran el poder por la fuerza para imponer un sistema comunista, como era su propósito.
La cercanía de Cepeda con los dirigentes de las Farc consta en muchos encuentros y fotografías juntos. Incluso se le menciona con camaradería en los computadores de ‘Raúl Reyes’. Su postrer defensa de ‘Santrich’ lo puso aún más en evidencia. Y fue Cepeda quien urdió desde el comienzo toda una patraña para enredar y acusar a Uribe, con el fin de lograr su condena judicial, su encarcelamiento, su retiro de la política y el desprestigio de su legado. Parecía la venganza de las Farc.
No lo logró. Y ahora el desprestigiado es él, pues toda su carrera política y su larga estadía parlamentaria las ha realizado alrededor de un solo tema: enlodar judicialmente a Uribe. El fallo del Tribunal Superior de Bogotá lo ha dejado como un derrotado. Incluso su pretensión presidencial, que cabalgó sobre el magro prestigio que entre las filas izquierdistas le dio fugazmente la condena de Uribe en primera instancia, se vino abajo. Su aureola política se apagó sin remedio.
Menos mal que un alto tribunal y unos magistrados probos deshicieron y repararon este entuerto, restableciendo así la dignidad de la justicia colombiana
De otro lado, no deja de ser sorprendente y preocupante la manera como durante largos años algunos jueces y fiscales acompasaron con sus posiciones y sus decisiones la pretensión de Cepeda de hundir a Uribe. Las denuncias y reclamos de la defensa de Uribe sobre la falta de garantías y desventajas procesales fueron persistentes. La manera como algunos jueces sobrevaloraron y acogieron a los testigos de la acusación, mientras subestimaron y eludieron a los testigos de la defensa, fue escandalosa. La sentencia del Tribunal así lo reconoce.
El carácter claramente ilegal de los centenares de interceptaciones telefónicas a Uribe fue desconocido con perseverancia. En ausencia de pruebas reales, toda una cadena de suposiciones, inferencias gratuitas, deducciones caprichosas y hechos inexistentes llevaron a algunos jueces y fiscales a concluir absurdamente que Uribe había sido el determinador a posteriori de delitos inexistentes.
Ni en los alucinados juicios de Moscú el estalinismo se había atrevido a tanto: condenar a alguien por haber planeado un hecho del que solamente tuvo noticia meses después de ocurrido, y que resultó no ser un delito. Un disparate que ni Kafka se imaginó. Y por eso habían condenado a Uribe en primera instancia.
Claro, esto solo puede ocurrir cuando probablemente es un acusador quien redacta la sentencia condenatoria contra su acusado. Lo que al parecer fue lo que hizo el ‘chiquito malo’ en este caso. Menos mal que un alto tribunal y unos magistrados probos deshicieron y repararon este entuerto, restableciendo así la dignidad de la justicia colombiana, que estuvo a punto de perder su credibilidad y legitimidad ante propios y extraños con el disparatado fallo de primera instancia. Hoy brilla la justicia y sigue brillando la inocencia de Álvaro Uribe Vélez, entronizado en su momento por la mayoría de la opinión nacional como el gran colombiano de todos los tiempos.
Autor: Alfredo Rangel
Diario: El Tiempo